Chapter 1 : I. La peor visita posible
Harry Potter llevaba tres semanas contando las cartas que no llegaban.
El recuento era sencillo: ninguna de Ron, ninguna de Hermione y, desde luego, ninguna de Sirius que pudiera decirle algo útil. Había recibido noticias, sí, pero tan vagas que parecían escritas por personas que temieran que las palabras se escaparan del pergamino. «Estamos bien». «No hagas nada imprudente». «Pronto sabrás más». Mientras tanto, él seguía en Privet Drive, oyendo a los Dursley hablar de cosas que no importaban y viendo en sueños una lápida y un destello verde.
Por eso, cuando sonó el timbre, ni siquiera se levantó.
—¡Muchacho! —gritó tío Vernon desde abajo—. ¡Hay una jovencita preguntando por ti!
Harry dejó caer el ejemplar viejo de El Profeta que estaba releyendo. Una jovencita. Hermione no habría aparecido sin avisar. Y cualquier persona enviada por Dumbledore habría tenido el buen sentido de no tocar el timbre.
Bajó de dos en dos los escalones y se quedó inmóvil en el recibidor.
Dracaena Malfoy estaba fuera de la puerta de entrada, con un vestido veraniego de corte impecable, zapatos que probablemente costaban más que todo el guardarropa de Harry y una expresión de profundo disgusto. Su cabello rubio, sujeto a medias con una cinta verde, brillaba bajo el sol de agosto.
—Potter —dijo, observando el papel tapiz—. Había oído que vivías entre muggles. Nadie me advirtió que lo hacías en un lugar tan deprimente.
—Malfoy. ¿Qué haces aquí?
—Qué recibimiento tan encantador. ¿Siempre tratas así a tus visitas?
Vernon apareció a espaldas de Harry, rojo de curiosidad.
—¿Quién es esta niña? ¿Otra de tu escuela?
Dracaena lo examinó como si fuera una mancha en una alfombra.
—Una conocida. Y no soy una niña.
—No queremos rarezas en esta casa —advirtió Vernon.
—Entonces me sorprende que usted viva aquí —replicó ella.
Harry tosió para ocultar una risa. Dracaena lo miró de reojo y, por una fracción de segundo, pareció satisfecha.
—He escapado de una reunión familiar insoportable —anunció—. Necesito que alguien me enseñe Londres. Supuse que, dado que tus admiradores no parecen estar haciendo cola para visitarte, estarías disponible.
—¿Cómo sabes que nadie me ha visitado?
—Por tu cara. Es la cara de alguien que lleva semanas esperando el correo.
Aquello le dolió más de lo que quiso admitir. Dracaena ladeó la cabeza, y su sonrisa perdió un poco de filo.
—Vamos, Potter. O quédate aquí mirando la puerta. Me da exactamente igual.
No le daba igual, pensó Harry, aunque no sabía por qué. Tampoco sabía por qué ella había venido. Recordó la última vez que había visto a Lucius Malfoy: en un cementerio, bajo una máscara de mortífago.
—¿Y por qué yo?
—Porque conozco a muy pocos muggles y todavía menos que no me aburran de inmediato. No hagas que me arrepienta.
Harry miró la escalera, la sala donde Vernon comenzaba a protestar y la calle soleada más allá de Dracaena.
—Dame cinco minutos.
—Tres —dijo ella—. No pienso envejecer aquí.
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La primera vez que Harry había visto a Dracaena Malfoy, ambos tenían once años. Fue en una tienda de túnicas del Callejón Diagon. Ella había hablado de Hogwarts, de escobas de carreras y de familias mágicas con la seguridad de quien jamás había imaginado que el mundo pudiera contradecirla.
Harry recordaba sobre todo que era la primera niña de su edad que conocía en aquel mundo extraordinario. Había pensado que quizá serían amigos, hasta que ella comenzó a hablar de personas que no merecían estudiar magia.
Cuando llegó la noche y estaban los nuevos alumnos reunidos en la entrada del Castillo de Hogwarts, Dracaena le ofreció su mano delante de Ron Weasley.
—Puedo ayudarte a distinguir las familias que valen la pena, Potter.
Harry no la estrechó.
—Creo que puedo hacerlo solo.
Años después todavía recordaba el color que había subido a las mejillas de ella. También recordaba que, desde entonces, Dracaena había parecido empeñada en demostrarle que se había equivocado.
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—¿Piensas quedarte ahí parado todo el día? —preguntó Dracaena desde la acera.
Harry cerró la puerta de Privet Drive. Por primera vez en semanas, no estaba esperando que llegara algo. Estaba saliendo a buscarlo.