Malfoid · El Recuerdo que Brilla
by Sliver64 · Shared with the creator’s permission. Collected October 19, 2026.

General Audiences · No Archive Warnings Apply · Spanish-language story ·

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  1. Chapter 1 : I. La peor visita posible
  2. Chapter 2 : II. Una ciudad que no pertenece a nadie
  3. Chapter 3 : III. Cosas que no se dicen
  4. Chapter 4 : IV. El frío
  5. Chapter 5 : V. Al otro lado de la puerta
  6. Chapter 6 : Epílogo. Una pequeña luz

Chapter 1 of 6 collected

Chapter 1 : I. La peor visita posible

Harry Potter llevaba tres semanas contando las cartas que no llegaban.
El recuento era sencillo: ninguna de Ron, ninguna de Hermione y, desde luego, ninguna de Sirius que pudiera decirle algo útil. Había recibido noticias, sí, pero tan vagas que parecían escritas por personas que temieran que las palabras se escaparan del pergamino. «Estamos bien». «No hagas nada imprudente». «Pronto sabrás más». Mientras tanto, él seguía en Privet Drive, oyendo a los Dursley hablar de cosas que no importaban y viendo en sueños una lápida y un destello verde.
Por eso, cuando sonó el timbre, ni siquiera se levantó.
—¡Muchacho! —gritó tío Vernon desde abajo—. ¡Hay una jovencita preguntando por ti!
Harry dejó caer el ejemplar viejo de El Profeta que estaba releyendo. Una jovencita. Hermione no habría aparecido sin avisar. Y cualquier persona enviada por Dumbledore habría tenido el buen sentido de no tocar el timbre.
Bajó de dos en dos los escalones y se quedó inmóvil en el recibidor.
Dracaena Malfoy estaba fuera de la puerta de entrada, con un vestido veraniego de corte impecable, zapatos que probablemente costaban más que todo el guardarropa de Harry y una expresión de profundo disgusto. Su cabello rubio, sujeto a medias con una cinta verde, brillaba bajo el sol de agosto.
—Potter —dijo, observando el papel tapiz—. Había oído que vivías entre muggles. Nadie me advirtió que lo hacías en un lugar tan deprimente.
—Malfoy. ¿Qué haces aquí?
—Qué recibimiento tan encantador. ¿Siempre tratas así a tus visitas?
Vernon apareció a espaldas de Harry, rojo de curiosidad.
—¿Quién es esta niña? ¿Otra de tu escuela?
Dracaena lo examinó como si fuera una mancha en una alfombra.
—Una conocida. Y no soy una niña.
—No queremos rarezas en esta casa —advirtió Vernon.
—Entonces me sorprende que usted viva aquí —replicó ella.
Harry tosió para ocultar una risa. Dracaena lo miró de reojo y, por una fracción de segundo, pareció satisfecha.
—He escapado de una reunión familiar insoportable —anunció—. Necesito que alguien me enseñe Londres. Supuse que, dado que tus admiradores no parecen estar haciendo cola para visitarte, estarías disponible.
—¿Cómo sabes que nadie me ha visitado?
—Por tu cara. Es la cara de alguien que lleva semanas esperando el correo.
Aquello le dolió más de lo que quiso admitir. Dracaena ladeó la cabeza, y su sonrisa perdió un poco de filo.
—Vamos, Potter. O quédate aquí mirando la puerta. Me da exactamente igual.
No le daba igual, pensó Harry, aunque no sabía por qué. Tampoco sabía por qué ella había venido. Recordó la última vez que había visto a Lucius Malfoy: en un cementerio, bajo una máscara de mortífago.
—¿Y por qué yo?
—Porque conozco a muy pocos muggles y todavía menos que no me aburran de inmediato. No hagas que me arrepienta.
Harry miró la escalera, la sala donde Vernon comenzaba a protestar y la calle soleada más allá de Dracaena.
—Dame cinco minutos.
—Tres —dijo ella—. No pienso envejecer aquí.
✦ ✦ ✦
La primera vez que Harry había visto a Dracaena Malfoy, ambos tenían once años. Fue en una tienda de túnicas del Callejón Diagon. Ella había hablado de Hogwarts, de escobas de carreras y de familias mágicas con la seguridad de quien jamás había imaginado que el mundo pudiera contradecirla.
Harry recordaba sobre todo que era la primera niña de su edad que conocía en aquel mundo extraordinario. Había pensado que quizá serían amigos, hasta que ella comenzó a hablar de personas que no merecían estudiar magia.
Cuando llegó la noche y estaban los nuevos alumnos reunidos en la entrada del Castillo de Hogwarts, Dracaena le ofreció su mano delante de Ron Weasley.
—Puedo ayudarte a distinguir las familias que valen la pena, Potter.
Harry no la estrechó.
—Creo que puedo hacerlo solo.
Años después todavía recordaba el color que había subido a las mejillas de ella. También recordaba que, desde entonces, Dracaena había parecido empeñada en demostrarle que se había equivocado.
✦ ✦ ✦
—¿Piensas quedarte ahí parado todo el día? —preguntó Dracaena desde la acera.
Harry cerró la puerta de Privet Drive. Por primera vez en semanas, no estaba esperando que llegara algo. Estaba saliendo a buscarlo.

Chapter 2 of 6 collected

Chapter 2 : II. Una ciudad que no pertenece a nadie

El viaje hasta el centro de Londres fue una sucesión de ofensas a la dignidad de Dracaena Malfoy.

Primero se negó a creer que un autobús pudiera llevarlos a alguna parte sin necesidad de magia. Después protestó por el ruido, por los pasajeros y por la obligación de pagar un boleto. Harry pagó el suyo antes de que discutiera con el conductor sobre la conveniencia de aceptar galeones.

—Esto es humillante —murmuró ella al sentarse.

—Todavía no hemos llegado al metro.

—¿Al qué?

Harry sonrió por primera vez aquella mañana.

En Leicester Square, Dracaena contempló los carteles de cine con la misma mezcla de curiosidad y desprecio que reservaba a las criaturas extrañas. Harry le explicó qué era una película y ella preguntó por qué los muggles pagaban por ver imágenes en movimiento si ni siquiera podían conversar con ellas.

—No, no se trata de eso. Son historias, como una obra de teatro, pero hay una infinidad de relatos de todo tipo. Mira, en esta, un millonario consigue revivir dinosaurios en una isla por medio de... digamos, magia muggle.

—¿Magia muggle? —repitió Dracaena, completamente desconcertada—. ¿Qué clase de contradicción es esa, Potter? ¿Y dinosaurios? ¿En serio? ¿Tú disfrutarías una historia tan falsa después de que casi te devorara un dragón?

—El tipo de los lentes es bastante entretenido —respondió Harry, encogiéndose de hombros.

—¿Eso es todo lo que tienes que decir?

—Bueno, también hay un dinosaurio que se come a un hombre sentado en el retrete.

Dracaena lo miró fijamente.

—Los muggles tienen unas ideas verdaderamente desagradables.

—Lo dice la chica que estudia en una escuela donde un profesor tiene que enseñarnos a ordeñar gusarajos.

—Eso es completamente diferente, Potter. Es educación.

Harry solo levantó la ceja y esbozó una ligera sonrisa.

En Covent Garden se detuvieron a observar a un músico callejero. Dracaena fingió que la actuación era vulgar, pero Harry la vio marcar el ritmo con un dedo. Cuando él compró dos helados, ella examinó el suyo con sospecha.

—¿De verdad comes cosas compradas en la calle?

—No. Normalmente espero a que un elfo doméstico me sirva en bandeja de plata.

—Muy gracioso, Potter.

Dracaena probó el helado. Después dio otro bocado, esta vez más grande.

—Es aceptable —sentenció.

Harry estaba a punto de responder cuando notó algo curioso. La expresión de Dracaena había cambiado. Por un instante, aquella habitual mirada de superioridad había desaparecido, sustituida por una satisfacción que ella parecía demasiado distraída para ocultar.

Harry sonrió al descubrir que su acompañante tenía una mejilla manchada de helado.

—¿Qué? —preguntó ella, frunciendo el ceño.

—Es que... espera, no te muevas.

Harry levantó una mano hacia su rostro.

Dracaena abrió los ojos de par en par.

El color subió inmediatamente a sus mejillas. Dio un pequeño respingo, pero no se apartó. Por el contrario, cerró los ojos casi por instinto.

Entonces sintió el roce suave de un pañuelo contra su mejilla.

—Listo —dijo Harry, retirando la mano—. No sabía que te gustaran tanto este tipo de postres.

Dracaena abrió los ojos.

Harry ya había vuelto a ocuparse de su propio helado, completamente ajeno al efecto que acababa de provocar.

Ella, en cambio, seguía con el rostro encendido. Consciente de ello, apartó rápidamente la mirada.

—Ya te dije que es aceptable —murmuró.

Continuaron caminando. Un poco más adelante, Harry bajó la mirada hacia su camiseta demasiado grande, una de las tantas prendas que había heredado de Dudley.

Dracaena también la observó.

Pero esta vez no dijo nada.

Cruzaron una plaza llena de gente y ella se apartó con brusquedad cuando un niño pasó corriendo entre ambos. Harry la sujetó del brazo para evitar que tropezara con un escalón.

—Cuidado.

Dracaena miró su mano.

—Puedo caminar sin asistencia.

—No lo parecía.

—Suéltame, Potter.

Él obedeció. Ella tardó unos segundos más de lo necesario en continuar.

✦  ✦  ✦

En el Bosque Prohibido, durante su primer año, Harry había escuchado un sonido húmedo y terrible. Había una figura encapuchada inclinada sobre el cuerpo de un unicornio. Cuando la figura levantó la cabeza, Dracaena se aferró a Harry con tanta fuerza que casi lo hizo caer.

No huyó. Tampoco lo soltó hasta que apareció el centauro.

Al día siguiente aseguró que Harry se había quedado paralizado y que ella solo había intentado arrastrarlo a un lugar seguro.

Semanas más tarde, cuando Harry, Ron y Hermione necesitaban pasar inadvertidos por un corredor, Dracaena los encontró y se hizo a un lado.

—Me la deberás, Potter —susurró.

Harry nunca supo qué había querido cobrarle.

✦  ✦  ✦

—¿De qué te ríes? —preguntó Dracaena.

—Recordaba algo del primer año.

—Espero que fuera tu peinado. Era espantoso.

—El bosque. Cuando te abrazaste a mí.

—¡No me abracé a ti!

—Claro. Me estabas salvando.

—Exactamente.

—¿Y sigo debiéndote una?

Dracaena alzó la barbilla.

—Por supuesto. Con intereses.

Harry rio. Esta vez ella también sonrió, aunque enseguida volvió la cara hacia los escaparates.

En una pequeña tienda, Dracaena se detuvo ante una chaqueta ligera. La tomó del perchero, la comparó con la ropa de Harry y chasqueó la lengua.

—Pruébatela.

—No necesito una chaqueta.

—Lo que necesitas es un milagro, pero empecemos por algo posible.

Harry protestó. Ella insistió. Finalmente salió del probador con una prenda que, para su sorpresa, le quedaba bien.

Dracaena pagó antes de que pudiera impedirlo.

—Te devolveré el dinero —dijo él.

—Considéralo una inversión para no pasar vergüenza caminando a tu lado.

Harry se quedó mirándola. Dracaena fingió estar interesada en un escaparate vacío.

—Gracias —dijo al fin.

—No te acostumbres.

Chapter 3 of 6 collected

Chapter 3 : III. Cosas que no se dicen

Al acercarse al Támesis, el viento levantó algunos mechones del cabello de Dracaena. Habían pasado buena parte del día discutiendo por nimiedades, y Harry descubrió que estaba cansado de una forma agradable, distinta de aquella fatiga que lo acompañaba desde junio.

Se sentaron cerca del río. A su alrededor, los londinenses paseaban sin saber nada de Voldemort, del Torneo de los Tres Magos ni de las noches en que Harry despertaba con la cicatriz ardiéndole.

—¿De verdad no te han escrito? —preguntó Dracaena, esta vez sin burlarse.

—Me han escrito. Pero no me dicen nada.

—Quizá no pueden.

—Todos parecen saber algo menos yo.

Dracaena se quedó callada. Harry la observó de perfil. La conocía desde hacía cuatro años, pero no recordaba haber pasado tanto tiempo con ella sin que Ron estuviera cerca para discutir o Hermione para poner los ojos en blanco.

—¿Por qué viniste? —preguntó.

—Ya te lo dije.

—Tu familia es aburrida.

—Extremadamente.

—Y decidiste buscar al chico al que llevas cuatro años llamando idiota.

—No he dicho que hayas dejado de serlo.

Harry sonrió, pero ella no le devolvió la sonrisa. Estaba mirando el agua.

—¿Te acuerdas del asunto del basilisco? —preguntó él.

—Difícil olvidar la experiencia de pasar semanas convertida en un adorno de enfermería.

—Sí…

✦  ✦  ✦

En segundo año, Hermione y Dracaena habían discutido cerca de un corredor desierto. Hermione sostenía una hoja arrancada de un libro y Dracaena exigía saber por qué la seguía.

Un sonido extraño interrumpió la discusión.

Hermione se detuvo. Había algo deslizándose por la oscuridad.

Recordando sus sospechas sobre la criatura de la Cámara de los Secretos, sacó apresuradamente el pequeño espejo que llevaba para vigilar las esquinas.

—¿Qué es lo que estás haciendo? —preguntó Dracaena, desconcertada.

—¡Malfoy, espera...!

Pero Dracaena ya había extendido la mano para arrebatarle el espejo. En el forcejeo, este giró bruscamente hacia el corredor oscuro.

Por un instante, Dracaena alcanzó a distinguir unos enormes ojos amarillos reflejados en su superficie.

Después, su cuerpo cayó rígidamente al suelo.

Hermione retrocedió horrorizada.

Cuando volvió a mirar, Dracaena yacía inmóvil.

La noticia de que una alumna de sangre pura había sido petrificada desbarató muchas teorías sobre el heredero de Slytherin. Hermione en cambio, comprendió que ella misma era el blanco del monstruo y Dracaena fue una víctima de las circunstancias.

Después de la derrota del basilisco, Harry entró a la enfermería con las manos en los bolsillos.

—Me alegra que estés bien —dijo, incómodo.

Dracaena, sentada entre almohadas, entrecerró los ojos.

—Esto no es nada. Soy una Malfoy. Para esta tarde ya estaré repuesta y tu tormento continuará.

—Es bueno comprobar que tu personalidad sigue intacta.

—Pues ya puedes marcharte satisfecho.

Harry estaba en la puerta cuando ella añadió, casi en un susurro:

—Gracias por venir, Potter.

Él se volvió. Ella ya estaba fingiendo leer.

✦  ✦  ✦

—Pensé que no me habías oído —dijo Dracaena junto al río.

—Escucharte dar las gracias fue casi tan milagroso como yo derrotando al basilisco.

Dracaena le dio un golpe con el hombro.

Harry contempló el agua. Recordó otra cosa, de tercero: a Buckbeak, a Hagrid desesperado y a Dracaena llorando de rabia cuando comprendió que el asunto había llegado demasiado lejos.

✦  ✦  ✦

—¡Yo no quería que lo mataran! —había dicho Dracaena, sola frente al trío, con las mejillas encendidas.

Ron abrió la boca para contestarle, pero Harry se adelantó.

—Lo sé. Te portaste como una idiota, pero no querías eso.

Ella lo miró como si aquella defensa le resultara más desconcertante que un insulto.

—Lo siento —murmuró, sin mirar a ninguno de los tres.

Después se alejó tan deprisa que Harry no tuvo oportunidad de responder. Solo alcanzó a observar las lágrimas escapando de los ojos de la rubia.

✦  ✦  ✦

—Nunca volviste a hablar de Buckbeak —dijo Harry.

—Porque no me gusta hablar de mis peores días.

Dracaena hundió las manos en los bolsillos. Durante un momento pareció más joven, menos segura de sí misma.

—Tú tampoco hablas de los tuyos —dijo.

Harry sintió que la conversación se acercaba a un lugar peligroso.

—Cedric murió delante de mí.

Dracaena dejó de caminar.

—Harry...

Era la primera vez aquel día que lo llamaba por su nombre.

Harry la miró. Ella parecía tan sorprendida como él de haberlo hecho.

—No tienes que contarme nada —añadió Dracaena con rigidez.

—Todos actúan como si fuera a romperme.

—¡Ja! Créeme, eso es más difícil de lo que parece. Llevo años intentándolo.

Harry soltó una risa inesperada.

—Y no has tenido mucho éxito, ¿verdad?

—Todavía no termina el verano, Potter.

Harry volvió a reír.

Dracaena apartó la mirada, pero esta vez no consiguió ocultar del todo su sonrisa. Estaba disfrutando  la salida que él le ofrecía. Pero Harry ya había recordado otra cosa: un círculo de figuras encapuchadas, una voz fría y un hombre arrodillado entre los mortífagos.

—Vi a tu padre allí —dijo.

Dracaena se quedó quieta.

—¿Dónde?

—En el cementerio. Con Voldemort.

La palabra pareció absorber el ruido de la calle. Dracaena palideció, aunque no fingió no comprender.

—Potter, yo...

El viento se volvió helado.

Harry reconoció aquella sensación antes de ver nada. Los colores de la tarde parecieron desteñirse y una tristeza espesa le apretó el pecho. Al otro lado de la calle, una sombra encapuchada se deslizó entre dos edificios.

—Corre —dijo Harry.

—¿Qué?

—¡Ahora!

La tomó de la mano y echaron a correr.

Chapter 4 of 6 collected

Chapter 4 : IV. El frío

Se refugiaron detrás de una verja, en un pasaje estrecho. Dracaena respiraba con dificultad, furiosa consigo misma por haber permitido que Harry la arrastrara sin explicaciones.

—¿Qué demonios era eso?

—Un dementor.

—No puede ser. Aquí no...

Un gemido atravesó el aire. Dracaena perdió el color del rostro. Harry sintió el recuerdo del cementerio treparle por la garganta, pero apretó la varita bajo la chaqueta nueva.

—No lo mires. Piensa en algo feliz.

—¿Qué? ¿Algo feliz? ¿Justo aquí cuando nos persigue un espectro?

—Hazme caso.

El dementor pasó al final del pasaje. Harry levantó la varita.

—¡Expecto Patronum!

Una forma plateada brotó de la punta y avanzó hacia la sombra. No llegó a distinguirse del todo entre las paredes y el resplandor, pero bastó para que la criatura retrocediera y se perdiera más allá de los tejados.

Dracaena se apoyó contra la verja.

—Eso... eso no era magia de cuarto año.

—Lo aprendí en tercero. Lupin me enseñó.

—¿Por los dementores del tren?

Harry asintió.

Recordó las burlas de Dracaena, las imitaciones de sus desmayos y cómo ella había dejado de reír cuando una de aquellas criaturas se acercó demasiado durante un partido. Nunca habían hablado de eso.

—¿Cómo lo haces? —preguntó.

—Necesitas un recuerdo feliz. Uno muy fuerte. Te concentras en él y dices el encantamiento.

Dracaena sacó su varita.

—Parece sencillo.

—No lo es.

—Tampoco lo era enseñarte a bailar, y lo conseguí.

Harry soltó una carcajada inesperada. Ella sonrió, pero sus dedos seguían temblando.

—Puedes intentarlo cuando estemos a salvo —dijo él.

—No necesito que me protejas, Potter.

—Acabas de preguntarme cómo protegerte.

Dracaena abrió la boca, la cerró y guardó la varita con un gesto ofendido.

Tomaron el camino de regreso. La conversación sobre Lucius quedó suspendida entre ambos, como si ninguno se atreviera a tocarla de nuevo. Harry sabía que seguía necesitando respuestas. También sabía que, por primera vez en semanas, no quería que terminara aquella tarde.

✦  ✦  ✦

La apuesta había empezado con una carcajada de Fred Weasley.

—Cinco galeones a que no te atreves a invitar a Malfoy al baile.

Harry, harto de que los gemelos lo provocaran, aceptó antes de pensar. Dracaena escuchó la invitación en medio de un corredor y se quedó tan inmóvil que Harry creyó que iba a maldecirlo.

—Acepto —dijo al fin—. Será divertido verte hacer el ridículo. Y si me avergüenzas, Potter, te convertiré en algo pequeño y desagradable.

Una semana después, Dracaena lo encontró practicando pasos de baile en un aula vacía. Se burló durante cinco minutos, luego le corrigió la postura y terminó bailando con él entre los pupitres.

—Sé lo de la apuesta —dijo de pronto.

Harry dejó de moverse.

—Eso fue...

—No necesito tu lástima. Ni ser el chiste de los Weasley.

Ella se apartó, pero Harry volvió a tenderle la mano.

—Malf...

Se interrumpió. Por un instante, pareció buscar las palabras adecuadas.

—Dracaena...

Ella levantó la mirada, sorprendida.

—¿Qué?

—¿Quieres ir al baile conmigo? Esta vez te lo pido porque yo quiero ir contigo.

Dracaena contempló su mano durante tanto tiempo que Harry pensó que lo rechazaría.

Finalmente, la tomó.

—Más te vale aprender a no pisarme.

✦  ✦  ✦

La noche estaba cayendo cuando llegaron a Little Whinging. Harry divisó a Dudley cerca de un callejón, acompañado por un amigo que se marchó al verlos. Dudley se detuvo al reconocer a Harry y después miró a Dracaena con una expresión de absoluto desconcierto.

—¿Quién es esa?

—Alguien con mejores cosas que hacer que hablar contigo —respondió ella.

Harry estuvo a punto de sonreír.

Entonces las farolas parpadearon.

El frío regresó, más intenso que antes. Dos dementores emergieron de la oscuridad, uno frente a Dudley y otro cerrándoles el paso. Dudley retrocedió contra la pared, incapaz de comprender qué lo estaba atacando.

—¡Dudley, agáchate! —gritó Harry.

El primero se inclinó sobre su primo. Harry levantó la varita, pero el segundo dementor se interpuso y la voz de Voldemort volvió a retumbar en su memoria. Sus piernas vacilaron.

Los dementores comenzaban a absorber la vitalidad de Harry y Dudley. Dracaena sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Haciendo un esfuerzo desesperado por mantenerse en pie, sacó su varita y apuntó hacia las figuras espectrales.

—¡Expecto Patronum! —gritó.

Nada.

Unas chispas pálidas brotaron de la punta de su varita y se extinguieron casi inmediatamente.

Lo intentó de nuevo, con el rostro desencajado.

—¡Expecto Patronum!

Los dementores ni siquiera parecieron advertirlo.

Harry pensó en la mano de Dracaena entre la suya, en la risa que había escuchado junto al río, en una tarde que no debía terminar así.

Se obligó a enderezarse.

—¡EXPECTO PATRONUM!

Un ciervo plateado llenó el callejón de luz. Embistió contra el primer dementor, giró y ahuyentó al segundo.

El frío se retiró tan bruscamente como había llegado.

Dudley cayó de rodillas, temblando.

Dracaena bajó lentamente la varita. Miró primero el lugar por donde habían desaparecido los dementores y después a Harry. Por una vez, no encontró ninguna burla que hacer.

—Vamos —dijo Harry, sujetando a Dudley por debajo del brazo—. Tenemos que llevarlo a casa.

—¡Harry Potter!

Los tres se volvieron.

Una anciana de cabello gris avanzaba apresuradamente por la acera, envuelta en una bata y con unas zapatillas que parecían a punto de salírsele de los pies.

Harry la reconoció inmediatamente.

—¿Señora Figg?

—¡No te quedes ahí parado, muchacho! ¡Tenemos que sacarte de aquí!

Dracaena la observó con desconfianza.

—¿Y esta quién es?

—Una vecina —respondió Harry.

—¡Una vecina que sabe perfectamente lo que acaba de ocurrir! —replicó la señora Figg, mirando con preocupación el callejón—. ¡Dementores! ¡Aquí, en Little Whinging! ¡Dumbledore tiene que enterarse de esto!

Dracaena abrió mucho los ojos.

—¿Dumbledore?

Harry suspiró. Aquella noche estaba volviéndose cada vez más complicada.

—Se lo explicaré después.

La señora Figg reparó entonces en la muchacha rubia que acompañaba a Harry. Sus ojos recorrieron rápidamente la varita que todavía sostenía.

—¿Y quién es ella?

—Dracaena Malfoy —respondió la joven, irguiéndose con toda la dignidad que pudo reunir.

La anciana se quedó inmóvil por un instante.

—¿Malfoy?

Harry advirtió inmediatamente el cambio en su expresión.

—Está conmigo, señora Figg.

La mujer pareció querer formular otra pregunta, pero miró a Dudley, que apenas conseguía mantenerse en pie.

—Bueno, no tenemos tiempo para esto. ¡Vamos, vamos! ¡Hay que llevar a ese muchacho a su casa!

Harry volvió a acomodar el brazo de Dudley sobre sus hombros.

Dracaena caminó a su lado, silenciosa, mientras la señora Figg los seguía murmurando algo sobre Mundungus Fletcher y sus irresponsabilidades.

Chapter 5 of 6 collected

Chapter 5 : V. Al otro lado de la puerta

Vernon Dursley abrió la puerta y lanzó un grito al ver el estado de su hijo.

—¡¿Qué le has hecho?!

—No le hice nada. Lo atacaron unos dementores.

—¡Otra de tus malditas rarezas! —rugió Vernon, mientras Petunia acudía a sostener a Dudley—. ¡Desde que llegaste a esta casa no has hecho más que traernos desgracias! ¡Te hemos dado un techo, te hemos alimentado durante años y así es como nos pagas! ¡Eres una maldita plaga, Potter! ¡Esto es el colmo!

Dracaena permaneció en el marco de la puerta, contemplando la escena con incredulidad.

—¿Siempre le hablan así? —preguntó.

Vernon se volvió hacia ella.

—¡Y tú! ¿Quién te crees que eres, jovencita? ¡No quiero a otra de su clase en mi casa!

Dracaena dio un paso adelante y cruzó la puerta.

—Le aconsejo que baje la voz.

Harry sintió un escalofrío que nada tenía que ver con los dementores. Conocía aquella expresión: era la misma que Dracaena ponía antes de hacer algo verdaderamente desagradable.

—Malfoy —advirtió.

—Su sobrino acaba de salvar a su hijo —continuó ella, sin apartar la vista de Vernon—. Y usted parece demasiado ocupado gritando para darle las gracias.

—¡Fuera de mi casa!

—Con mucho gusto. Aunque, si vuelve a levantarle la mano o a tratarlo como si fuera basura, quizá decida regresar y explicarle lo que pienso de su hospitalidad.

—Dracaena, basta —dijo Harry, sujetándola del brazo.

Ella lo miró, indignada.

—¡Potter, ese hombre...!

—Lo sé. Por favor.

La última palabra la detuvo. Harry no quería más gritos, más preguntas ni más problemas. Ella pareció comprenderlo de pronto. Miró a Petunia, que se había quedado callada al oír la palabra dementores, y luego a Vernon, todavía congestionado.

—Increíble —murmuró.

Harry la condujo hacia la puerta. Por un instante, antes de cruzar de nuevo el umbral, Dracaena miró el interior de la casa: el pasillo estrecho, las fotografías de Dudley y la escalera por la que Harry había bajado aquella mañana.

—No deberías vivir así —dijo en voz baja.

—Es solo hasta que vuelva a Hogwarts.

—Eso no lo hace mejor.

Se quedaron frente a la puerta abierta. La noche olía a hierba húmeda y a lluvia lejana.

—Lo de hoy... —comenzó Harry.

—Ha sido un fiasco absoluto —lo interrumpió Dracaena—. Una de las peores experiencias de mi vida. He viajado en transportes espantosos, casi me matan y he tenido que soportar a esta clase de muggles. Ni siquiera el helado era tan bueno.

—Te comiste el mío también.

—Porque lo estabas desperdiciando.

Harry sonrió. Ella miró hacia la calle, incómoda con el silencio que siguió.

—Las cosas van a ponerse peligrosas, Potter —dijo al fin—. Más de lo que crees. Mantente alerta.

Harry quiso preguntarle qué sabía, qué había venido a hacer en realidad y por qué lo miraba de aquella manera. Pero el recuerdo del cementerio seguía entre ellos, y ninguno parecía capaz de atravesarlo.

—Tú también —respondió.

Dracaena dio unos pasos, se detuvo y se volvió.

—Cuídate, Potter. Te veré en la escuela.

—Hasta septiembre, Malfoy.

Ella se alejó sin mirar atrás.

Harry permaneció en el porche hasta perderla de vista. Cuando volvió a entrar, todavía no había llegado ninguna carta del Ministerio. Ni de Dumbledore. Ni de sus amigos.

Pero por primera vez aquel verano, la espera le pareció un poco menos insoportable.

Chapter 6 of 6 collected

Chapter 6 : Epílogo. Una pequeña luz

Lucius Malfoy esperaba en una estancia silenciosa de la mansión. No se levantó cuando Dracaena entró.

—Has tardado.

—Londres es más grande de lo que recordaba.

—No te envié a hacer turismo.

Ella mantuvo las manos inmóviles a ambos lados del cuerpo. Su padre la estudió con aquella expresión que utilizaba cuando un sirviente no había cumplido sus expectativas.

—¿Viste a Potter?

—Sí.

—¿Conseguiste acercarte a la casa?

—Sí.

Lucius entrelazó los dedos.

—¿Y pudiste entrar? Necesitamos saber si la protección que lo rodea permite el paso a alguien de nuestra familia. Sería información valiosa para el Señor Tenebroso.

Dracaena recordó el pasillo estrecho, el rostro rojo del tío de Harry y la mano de Harry deteniéndola antes de que perdiera el control.

—No —respondió.

Lucius guardó silencio.

—¿Lo intentaste?

—Por supuesto, padre.

La decepción cruzó su rostro como una sombra.

—Esperaba algo más de ti, Dracaena.

Se marchó sin otra palabra.

Ella permaneció inmóvil hasta que dejó de oír sus pasos. Después subió a su habitación, cerró la puerta y sacó la varita.

Había intentado aquel encantamiento en el callejón y no había conseguido nada. Harry había dicho que necesitaba un recuerdo feliz, uno capaz de imponerse al miedo. Dracaena pensó en regalos, vacaciones y celebraciones familiares. Ninguno parecía lo bastante luminoso.

Entonces recordó la música.

✦  ✦  ✦

El Gran Comedor estaba cubierto de hielo encantado y luces que brillaban como estrellas. Harry Potter esperaba frente a ella con una túnica de gala que no conseguía hacerlo parecer menos nervioso.

—Si me pisas, te maldigo —le había advertido Dracaena.

—Llevas toda la noche diciéndome eso.

—Porque llevas toda la noche dándome motivos.

Él le tendió la mano. No era la primera vez que lo hacía: aquella tarde, en el aula vacía, le había pedido que fuera al baile con él de verdad. Sin apuesta. Sin público. Sin la necesidad de demostrarle nada a nadie.

Dracaena tomó su mano.

Al principio contaron los pasos. Luego Harry se equivocó, ella se rio y él también. Dieron una vuelta demasiado rápida y casi chocaron con otra pareja. Dracaena le reprochó su torpeza, pero no se apartó. A su alrededor había profesores, alumnos y personas que seguramente comentarían aquella escena durante meses. Por primera vez, no le importó.

—¿De qué te ríes? —preguntó Harry.

—De ti, naturalmente.

—Eso ya lo sabía.

Él sonrió. Dracaena recordó haber pensado que, si aquel momento terminaba, probablemente volverían a ser los mismos de siempre: Potter y Malfoy, Gryffindor y Slytherin, dos personas demasiado orgullosas para reconocer que estaban disfrutando de la compañía del otro.

Por eso, cuando la música terminó, tardó un instante en soltarle la mano.

✦  ✦  ✦

En la habitación de la mansión Malfoy, Dracaena abrió los ojos.

—Expecto Patronum —susurró.

Una hebra de luz plateada brotó de la punta de su varita. Tembló, pequeña e imperfecta, y por un instante iluminó sus dedos.

Dracaena contuvo el aliento.

La luz se apagó enseguida.

Todavía podía sentir aquella calidez. La misma que había encontrado en sus recuerdos del baile y que ahora reconocía también en aquella inesperada tarde de verano.

No pudo evitar sonreír.

FIN